Siempre será oportuno y certero pensar que una fun-ción de marionetas es la expresión más pura y esen-cial del arte dramático. Casi todos aquellos escrito-res o directores que destacaron como eminentes construc-tores y animadores de dramas, recibieron a muy tierna edad»el trauma sensorial» de la marioneta y muchos lo han con-fesado con extrema complacencia, aquella con que se tratanlas más claras y más reveladoras impresiones que se reci-ben durante la infancia. Goethe, Shiller, Hugo, Jarry, Maesterlnk,Craig, Baty.Todos ellos tuvieron la plena revelación del teatroante las marionetas. Si en algo puedo compararmea esas eminencias es en haber accedido a la com-presión y asimilación del secreto escénico por lasmismas vías, evangelizado piadosamente por lamarioneta. Mi primera impresión la recibí a travésde un guiñol de biombo, que se situaba en la callede Atocha, esquina a la plaza de Matute. Eran unasmarionetas madrileñas bastísimas, que se zurra-ban desesperadamente -por lo cualestabanlamentablemente descascarilladas- y proferíantacos espantosos y de lo más castizo, cosa quehacia reir a todo el mundo.La marioneta, como he dicho, enseña teatro fun-damental y es un punto de reflexión de cada pro-fesional dedicado a la escena. El mundo de lamarioneta es vastísimo. Su magia adquiere pormomentos en muchos espíritus el valor de un tran-ce, de un embebecimiento místico, del que salepurificado.FRANCISCO NIEVADe la Real Academia Española