1994

1994

EL PAISAJE DE LOS SUEÑOS Función a función, el teatro viene cumpliendo desde hace siglos su papel catártico. Re-presentar no essino volver a presentar, con la mínima distancia que impone el lugar de la celebración, una realidad de laque a veces el hombre se separa inevitablemente. El público juega el juego del reconocimiento y elcirculo se cierra. Así se cumple el misterio.El otro se nos muestra en el lado de allá del espejo como nuestro yo oculto con el que pocas vecesqueremos dialogar y la máscara apenas matiza el encuentro. Divertido o embarazoso, catalizador oaderezado por el tedio, en el fondo del momento compartido subyace la posibilidad de reconocerse en elotro. Se abandona el lugar de acuerdo o en desacuerdo pero con la seguridad de haberse acercado a unode los múltiples bordes del conocimiento.Estamos a punto de volver a verlos. Acudiremos, seguramente inconscientes, aunque llevando a labutaca el saber acumulado de una ya vieja amistad. Iremos seguros de nosotros mismos a dejarnosseducir y envolver por sus mentiras hechas de grandes verdades y no tendremos tiempo de preguntarnosel por qué de este enamoramiento que dura ya algunos años.Reconocerse en el personaje encarnado por quien podemos encontrar en el puesto de periódicos a lamañana siguiente es un juego que se atiene a reglas definidas, que cae dentro de la «normalidad».Reconocerse en un trozo de madera y tela, hacerle cargar con nuestras miserias, sentirse identificado enun objeto minúsculo, tiene más de locura que de razón.Porque es en una mano en la que tenemos puestas todas nuestras esperanzas, o quizá en un boliche alque nuestra imaginación expone a los vaivenes de una existencia casi humana. Y a la salida, una vezconsumado el sacrificio de las apariencias, todo parece seguir lo mismo. Incluso nos atrevemos acomentar con nuestros amigos los pormenores de la re-presentación.Como en los lugares destinados a lo oculto, el juego se desarrolla en espacios pequeños, necesita de laproximidad de los ojos, de la cercanía del convencimiento. Más que en otros géneros, aquí losespectadores se apoyan y se dan confianza. Y aunque se sienten seguros de su perecer, no quisieranllegar a creer que sólo soñaron. El sueño pudo haber tenido lugar en un autobús de apariencia corrientedonde se desplegaban ante sus ojos los secretos de la filosofia oriental, o en el atrio de una iglesiaabandonada donde una vez un hombre vestido de negro fue dominado por su muñeco.El paisaje de los sueños es el único que de verdad se posee y ni el tiempo, ni el abandono, suponenpara él peligro alguno. La memoria es su defensa. La memoria defiende a los protagonistas de estesueño que vuelve cada año.Angélica Tanarro

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