No hay teatro sin público, de todos es sabido. No hay espec-táculo si no hay alguien a quien fascinar, si nadie se coloca alotro lado de la línea imaginaria que solemos trazar entre los ha-cedores de sueños y quienes los comparten. No hay títeres decachiporra sin un niño que grita y otro que se espanta. Sin laniña que hace pucheros o la que avisa al «bueno» cuando apa-rece la bruja.Pero aquí, donde todo es diferente, había público, y los títeresno llegaban. Había llegado, eso sí, la primavera, casi invadién-donos, sin avisar. Estaban ya los colores y las luces y el aire mástibio. Pero algo faltaba. Como un cuadro sin terminar que pro-duce un desasosiego raro en quien lo mira, esta primavera, untanto insolente de los primeros días, estaba huértana, incomple-ta. Y es que, aunque sólo llevaban dos años visitándonos, se habían convertido en viejos amigos. Como esos amores que, cuandouno quiere darse cuenta, ya no puede echarlos de casa, porquehacen falta.Los títeres de Segovia, el Ill Festival -digámoslo va-, serámás de Segovia que nunca. Y ello porque ha habido que empu-jarles entre todos para que pudieran llegar. Porque hemos abier-to las puertas y les hemos dejado nuestra cama. Porque la mesase ha hecho más grande para acogerles.Algunos son viejos conocidos, como Bululú o Joao PauloCardoso. Otros vienen a sorprendernos, sin más. como el Tea-tro del Drago, Martín Bridle, Amador de Intervençao, La Fanfa-rra, Etcétera, La Pupa, L’Estaquirot, La Compañía de la MediaLuna… Pasen y vean y gocen y no les dejen marchar sin asegu-rar una próxima cita.Angélica Tanarro