Inauguramos esta 32 edición en este álbum de sueños y de imágenes, con un sueño compartido. Un sueño poético sobre lo que cabe dentro de una lágrima y es capaz de traspasar las paredes del corazón.

A veces las escamas no se ven, pero brillan

Por Alexis Fernández

A veces las escamas no se ven, pero brillan. El aire no se puede tocar, pero entra en nuestros pulmones y nos hace tener vida. Y los aviones de papel son quizá señales del cielo para comunicarnos el camino que debemos seguir. El mundo de las cosas invisibles es más sutil y quizá en él habite la belleza más extrema y la ternura más conmovedora. Así es esta fortuna y privilegio de espectáculo dentro de una pequeña caravana con un conductor que brinda dulzura como si repartiera abrazos a todos los espectadores, abrazos llenos de fragilidad y hasta de burbujas.

Avion Papier, del Colectivo La Méandre -un grupo que se alimenta de arte, de amor y de agua, porque tiene su sede un puerto- es un sueño poético donde la línea entre lo que uno se imagina y lo que se vive es muy fina. Y podría ser el sueño de cualquiera, sabiendo que los sueños, a veces, se materializan y uno ha de estar preparado para aceptarlos. La historia es la de una mujer delicada que recorre un mundo monocromo dibujado con una pluma bicolor. Atraviesa un mundo aburrido, donde todo va rápido y es intrigante, donde, en ocasiones, nadie se encuentra. Nada en contra de la corriente, acaso también de ella misma, y emprende un viaje que la dirige al corazón de un universo abstracto, el de las cosas que no se ven.

La rigidez del día se ha desvanecido, y las sombras de gris cada vez adquieren mayor colorido. Me siento a esperar qué le ocurre a esa mujer de rostro triste y escucho el mar, la sirena de un barco o el sonido del bosque dentro de un paisaje onírico, con variedad de nuevos instrumentos (nuevos sonidos) que se convierten en una orquesta ejecutados por un solo músico (Arthur Delaval): desde una melódica hasta una bomba de hinchar las ruedas de una bicicleta o unos pistones sobre una bombona. Todo está en marcha en este viaje de 20 minutos que mece el alma como si nos acunaran con la mayor delicadeza. Y esta pequeña mujer dibujada sobre el lienzo, que podría ser un hombre, o ese niño que quiere levantar las cortinas, o cualquiera de nosotros, de repente va más allá de la pantalla. Y, de repente, como en una iluminación, llega hasta la mano del artista, que es ya la nuestra, para guarecerse tal vez en ella, creando con nosotros el mapa de su existencia. O acaso también de la nuestra. Porque todo está en nuestras manos. Y la pequeña mujer, sube en un globo, y la pequeña mujer comienza a mirar todos esos aviones de papel que se cruzan en su camino como regalos del cielo. Y esa pequeña mujer camina y se cae, y siempre hay alguien que la recoge en sus brazos. Porque nadie está solo. Te tiene a ti.

Un montaje delicado en la encrucijada de las artes digitales, la música y el teatro de objetos dentro de una caravana decorada con papel pintado a mano donde caben una docena de personas y un actor-músico. Un micro-cine sobre ruedas habitado por personajes que se escapan del lienzo gracias a la técnica del mapping y vagan por el mundo de la imaginación. O tal vez no. Quizá sea el mundo real. Y, entonces, es cuando me subo a ese avión de papel. Sí, al azul. Y vuelo…

 

 

 

 

Llueve fantasía aquí dentro

Por Alfonso Arribas

Menos mal que Alexis habla, y tan bonito, de la historia que nos cuenta La Méandre en su montaje Avion Papier, porque yo apenas podría escribir un par de líneas con sentido sobre ella. Vi la silueta de una mujer de rostro triste que muda a veces hacia lo absorto, otras hacia lo turbado, casi siempre girando a lo indefenso. Vi una figura humana que podía ser una hoja movida por un viento caprichoso, un pececillo a merced de la corriente que se distrae con los corales, un pequeño pájaro que de rama en rama va topándose con el mundo.

Indagué en el bosque, me sobrevolaron los aviones, y dejé a la mujer viajando en un frasco hacia lo que parecía una recompensa feliz a tanta tribulación, el final de un camino y el principio de un vuelo. Todo eso lo percibí como espectador en el interior de esta pequeña caravana, y ahí acaban las líneas con sentido sobre la historia.

Lo que me atrapó de verdad, lo que despertó la emoción, fue la concepción misma del espectáculo y su coherencia con la ejecución. Quise ver la caravana como un taller artesanal donde el maestro Arthur Delaval se sirve de toda suerte de objetos para deslizar el relato, creando a través de la música, de las precisas proyecciones, de la luz y de su propia aportación como actor, una atmósfera propicia para la poesía visual.

Casi da igual lo que cuenten, porque el aire mismo es lírico, los sonidos envolventes, llueve fantasía ahí dentro, y es como esa lluvia fina del verano, que refresca sin incomodar, que huele a limpio, a tierno, a dulce.

Reconforta encontrarse con personas así, que utilizan su ingenio para crear y no para acumular. Que demuestran una generosidad inmensa porque su aspiración es cosechar miradas cómplices y sonrisas ingenuas. Que transmiten verdad, porque disfrutan del propio trabajo y de sus resultados, porque todo cuadra: han pensado un montaje exquisito, se ejecuta con extraordinaria delicadeza y el público responde así, dejándose atrapar y balbuceando algo parecido a “magnifique” cuando el viaje acaba.

No sé si son las escamas las que brillan, pero hay algo resplandeciente en la propuesta de La Méandre. Algo que invita al optimismo, que reconforta y que concilia. No es un mal bagaje.

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