Por Alexis Fernández

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Una escena de Cucú Haiku en su representación en la Sala Ex. Presa 1 de La Cárcel de Segovia durante Titirimundi

Sigo subiendo la calle Real, la bajo, voy hacia un lado, me encuentro con Eugenia Manzanera y su Corpore ¡Oh! Un niño agarra la mano de A. L. y durante 30 minutos no se despega de su anillo de jade, entre caricias y sonrisas. Sus dedos hablan, sus ojos acaso vuelan… Rodeo el Acueducto, lo sigo hasta la primera piedra visible y muy cerca me encuentro con un espectáculo que me embelesa, me envuelve en la quietud, me mantiene pegada al escenario, con el rostro igual de entregado que el de los niños que me rodean. Y entonces, como el bambú, me dejo mecer dentro de un jardín zen con un árbol, acaso de crisantemos, mientras dos actrices, vestidas con un traje inspirado en un hanbok coreano, deslizan sus voces con haikus lanzados al aire y nos cuentan un cuento de amor sobre siete mariposas, cada una de un color distinto, que despertaban la admiración de los habitantes de un mundo donde no había color. Un día, una de ellas se hirió con una espina y desde el cielo se oyó una voz que les preguntó si estaban dispuestas a dar la vida con tal de permanecer juntas. Así lo hicieron. Una fuerte tormenta se desató, llevándose muy lejos a las mariposas. A medida que el viento las iba elevando hacia el infinito, las gotas de agua que resbalaban sobre sus alas iban borrando sus colores. Al caer la lluvia en la tierra, el mundo se iluminó. Aparecieron los verdes campos, el mar azul y las rojas amapolas, los frutos naranjas y el brillante sol. En el cielo surgió un arco irisado de siete colores, los mismos que tenían las mariposas… Un recuerdo de la promesa, acaso como la que Dios hiciera a Noé tras el diluvio.

Así comienza un inteligente y precioso espectáculo sobre la magia de los colores y su presencia necesaria en la identificación del mundo, sobre el paso del tiempo y las estaciones, sobre el instante presente, sobre la trasformación y el crecimiento de uno mismo en la figura de Cucú, un gusano que se convierte en mariposa. Así empieza este Cucú Haiku, de la compañía cántabra Escena Miriñaque, dirigida por Blanca del Barrio. Quizá una de las compañías de referencia en la creación y divulgación del teatro contemporáneo, la investigación de nuevos lenguajes escénicos y el mestizaje de diferentes vanguardias que desde 2001 ha producido más de 20 espectáculos tanto para niños como para adultos. Ahí están Cartas de las golondrinas, Premio Max 2013 al Espectáculo Revelación o Antígona tiene un plan, Max al Mejor Espectáculo Musical en 2007. O Dulce de leche y Los viajes de Petit, creados con esa idea de aplicar lo sublime a los movimientos, coreografías y escenas para sugerir espacios interiores y exteriores llenos de poesía.

Sé por qué mis pies me llevaron hasta allí, quería ver con los ojos de niña y me encontré mirando con los de adulta, volviendo una y otra vez a intercambiar momentos conmigo misma. “Ves, te lo dije”; “ya verás qué bien el comedor”; “come zanahorias que son buenas para la vista”; “hasta que no pasen dos horas y hagas la digestión, nada de bañarse”; “porque lo digo yo y punto”; “es que vas sin mirar, hija…” Pero mamá… “Te quiero hasta la luna”. “No, hasta la luna ida y vuelta”. “Y yo hasta el infinito”.”Y qué más”. “Te quiero mogollón…”

Las dos actrices de Cucú Haiku, con un vesturaio que recuerda a los hanbok coreanos

Las dos actrices de Cucú Haiku, con un vestuario que recuerda a los hanbok coreanos

Sobre piezas de música china y coreana y con el tema principal de “Feliz Navidad, Mr. Lawrence”, del japonés Ryuichi Sakamoto, Escena Miriñaque nos va llevando con elegancia de estación en estación a ritmo de haiku, al ritmo de la naturaleza y del sentimiento oriental, mientras Cucú duerme y despierta… Belleza y sutilidad mezcladas con inteligencia y audacia, palabras, palabras, palabras dulces, dulces voces que poetizan el otoño… Las hojas se caen, los días encogen/ Azul plomo en el cielo/ y frío en las madrugadas… El invierno, la chimenea, abuelita, chocolate caliente, cielo blanco, sol dormido, regalos, mazapanes, en el estanque resbalan dos patitos, mandarinas, naranjas, clementinas; caminos de algodón,/ el invierno, el frío,/ la calefacción… El lago de los cisnes… Botas de agua que se deslizan como en el “Thriller” de Jackson… La primavera, lluvia de colores y perfume de flores. Veo, Veo, qué ves, un cielo de primavera, de qué color es, azul celeste. Azul celeste es… Y el verano… Sol, vacaciones, estrellas, mariposas… Y un gran abanico donde surgen imágenes, y una luz que envuelve la escena como el paso del tiempo moldea la vida.

Te lo dije. No es fácil encontrar espectáculos dirigidos a la primera infancia tan precisos, tan puros, con un texto cuidado y una coreografía visual tan hermosa, lleno de guiños y de complicidad hacia niños y adultos, con verdaderos poemas sobre la sencillez de la vida y sus ciclos. Cuánta delicadeza cabe en un escenario…

Y como el bambú, quise dejarme mecer de nuevo, mientras recordaba algunos versos del “Ame ni mo makezu” de Kenji Miyazawa… Poder resistirse a la lluvia, poder resistirse al viento/ poder resistirse tanto a la nieve como al calor del verano/ con un cuerpo fuerte/ sin ansias/ sin dejarse llevar por el temperamento/ con una alegría tranquila…

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