Por Alfonso Arribas

¿Qué te llevarías a una isla desierta? Todos alguna vez hemos fabulado con esa idea respondiendo a preguntas propias o ajenas. En Iceberg 02 de Leandre, nadie hace se plantea esa cuestión, y por supuesto nadie la contesta. Tampoco su isla es la habitual, porque en vez de tropical es polar, en lugar de palmeras hay un iglú, y el equipaje no es el elegido.

La escena invita más bien a formular otras preguntas. ¿De qué o de quién te desprenderías? ¿Qué es lo que necesitas? ¿Hay salida, quiero encontrar la salida? ¿Prima la propia supervivencia o se entrega a la convivencia?

Una ráfaga de viento helador arrastra a Leandre Ribera y Mireia Miracle hasta una plataforma gélida, inhóspita. Apenas sabemos de ellos; es previsible que sean conocidos, pero ante el espectador no se comportan como tal. Son casi protohumanos, seres primitivos que actúan a golpe de instinto, como animales atrapados, desorientados.

El despliegue de sentimientos que sigue, la necesidad, el hambre, el cariño, la sorpresa, la ira y la empatía, se desgrana con humor y ternura en breves cuadros de situación a través de los que identificamos roles muy definidos.

Ambos actores muestran una gestualidad muy expresiva, y a través de sus muecas conocemos sus inquietudes. En el fondo, se retrata la evolución de los personajes desde un estadio casi salvaje a la formación de una microsociedad, con sus reglas y sus esclavitudes. Se conquista el espacio y se humaniza. No sabemos si siguen allí, no hay helicópteros de rescate ni lanchas de salvamento. Hay música, danza, amor, un iglú donde resguardarse y comida que cae del cielo.

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