Por Alexis Fernández

Todos los fracasos, todos los accidentes que querías ver en el circo, te los ofrecemos esta noche… Es El circo de los parásitos un espectáculo salvaje, de estética grotesca y teatro burlesco creado en 2012 por La Compagnie Têtes de Mules (la actriz y cantante Angela Neiman y el actor Baptiste Eliçagaray), que, como el carro de Thespis, llegaba a Titirimundi para jugar con el público, con su capacidad de reacción, midiendo hasta dónde podía perturbar conciencias o incomodar al más santurrón. Y también como un acto liberador y de desacralización de lo políticamente correcto donde humor negro y tragedia griega se unían para dar lugar a todos los fracasos y accidentes dentro de un homenaje al circo y a las historias de amor imposibles. Como siempre, para dejar el morbo a un lado y acallar puritanismos mal concebidos, no hay que olvidar aquella frase que el maestro Rod Burnett decía tras su espectáculo de Punch & Judy: “Es teatro”, ficción…

Serge y Zola son dos bufones con tinte shakespeariano que no tienen ni idea de que sus horas de gloria están contadas, en equilibrio sobre el hilo de la vida. Son dos personajes accidentados, transformados físicamente por las heridas de la vida, golpeados de muerte en el corazón, y como una proyección de sus ideales, mueven a los títeres de su pequeño circo, esa pista en la que, uno tras otro, mueren accidentalmente, devorados por sus propias ambiciones, miedos, obsesiones; partidos a la mitad por estirar la cuerda hasta el final, por levantar una carga demasiado pesada o lanzados por un cañón al vacío, fuera de sí mismos… La muerte es para todos y a todos hace iguales, incluso a las estrellas…

Es éste un montaje tan lleno de capas de profundidad como de sarcasmo, jugando a lo posible dentro de lo imposible, retando al público a convertirse en voyeur de la tragedia o a esconderse de ella, a empaparse en sangre, en un matrimonio de conveniencia con la impunidad y la oscuridad con la que vivimos en el mundo la muerte de los otros, la propia muerte y su existencia. Escribía Stefan Zweig que “no basta con pensar en ella, sino que se debe siempre tener delante”, precisamente para que “la vida se haga solemne, más importante, más fecunda, más alegre”. Lo decía Zweig, un escritor cuya angustia ante la destrucción de Europa le paralizaba y con un final decidido a su voluntad. ¿Somos acaso sombras de nosotros mismos?, ¿ángeles fuera de su hogar que acaban arrojándose desde sus asideros imposibles? La muerte también mitifica, “hace ángeles de todos nosotros y nos da alas donde antes solo teníamos hombros, suaves como garras de cuervo”, poetizaba en “Un banquete de amigos” Jim Morrison…

Por eso éste es también un espectáculo que habla de la vida como parte inseparable de la muerte, y precisamente no podía haberse representado en un lugar más adecuado: las Ruinas de San Agustín. Un montaje arrollador, en todos los sentidos, contemporáneo, con una cadencia nostálgica de circo antiguo y ambulante y muy apropiado para Titirimundi y la celebración de la Vida.

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