Por Alexis Fernández

(“Y por ese segundo esperaría años enteros”). Si en la misa de 9 en la catedral acaricio la oreja derecha significa que pasaré por tu lado derecho y me verás. Y sólo te rozaré con la mirada. Y me imaginaré una caricia o incluso un beso. Y me tendrás de alguna manera y estaré cerca. Qué aventura esto de la escritura, traer y tener en ella el amor que nos confiamos…

Y es que La máquina de la soledad es un cuento de ausencias cruzadas que da pie a un espectáculo tan delicado como delicioso, íntimo y lleno de fragilidad. ¿No es acaso así el amor y la propia vida?

Bajo una tenue luz que casi podría ser la de una vela encendida en el salón de nuestra casa y que nos sumerge en un tiempo en sepia, y sobre una escenografía que es como una arqueología de objetos, imágenes, miniaturas, altares mexicanos, cada uno de los cuales remite a un recuerdo y a una historia -“los juguetes son la primera metafísica del ser humano” (Baudelaire)- Shaday Larios, de la compañía mexicana Microscopía Teatro, y Jomi Oligor, de la compañía española Hermanos Oligor, abren esa maleta que compraron en el mercado de antigüedades de La Lagunilla, en México D.F. En su interior encontraron 600 cartas que Manuel Lara y Elisa se escribieron en 1890 y que van colocando en el escenario para narrarnos un mapa de sentimientos y un itinerario de la ciudad, a través de los caminos que trazaron para encontrarse sin que sus familias lo supieran. También nos entregan una carta a cada uno, que sólo podremos abrir y leer para nosotros mismos en cuanto llegue el momento. Y como dos detectives de la materialidad, descubridores de tesoros universales capaces de llenar la escena con ese espíritu que se encuentra en las pequeñas cosas, en el alma de lo supuestamente inanimado, nos van desgranando la historia de amor y también de vida, y dejándonos que la lectura de esas emociones calen en nosotros a diferentes niveles y de distintas maneras. “El que narra -escribe Walter Benjamin- posee enseñanzas para el que escucha”. Y escuchamos…

La carta 347 contiene un muestrario de telas de los vestidos de Elisa que ella le envió, otra, un botón que se le cayó del abrigo y que Manuel recogió como si fuera la piedra más preciosa; un vaso de papel de 1900 y hasta una gota de sudor guardada como un tesoro en una cajita y con la que Jomi imprime esa ironía enlazada con la dulzura de Shaday que mantiene durante toda la pieza.

La máquina de la soledad es una velada de anécdotas insólitas en el salón de una casa antigua donde nos podemos hasta recostar y donde podríamos estar toda la noche escuchando historias, intercambiando emociones que van y vuelven y que se cruzan y se entrelazan y regresan de nuevo. Porque “recordar es vivir”.

Y, entonces, como espectador/a sientes que en esta noche de ronda también nos toca un poco de esa historia de amor, que es un poco nuestra porque ahora nos la han contado y de alguna manera nos pertenece y nosotros a ella. ¿Y si Manuel y Lara escribieron esas cartas al mismo tiempo que nosotros las leemos/escuchamos? Hay un tiempo extraño que se abre cuando escribes una carta, y proyectas al futuro a un lector hipotético. Por eso La máquina de la soledad es la autoliteratura, ese momento en el que nos aislamos para escribir a alguien que nos leerá en otro lugar y en otro tiempo. La carta como único medio de decir ‘Me importas’, como el vehículo más potente para viajar a la intimidad y la profundidad de nosotros mismos Quizá porque escribimos para nosotros mismos, escribimos para luchar contra la soledad.

Los engranajes de este espectáculo son memorias que se van escribiendo con cada correspondencia y quizá también con las manos y los ojos que han pasado por esa maleta antes que los suyos, o por la escucha de aquellos que han sido espectadores antes que nosotros, testigos de esos encuentros narrados, de esos archivos de memoria en los que desde el momento en que estamos allí, sobre la grada de este pequeño rincón de realidad, formamos parte de ellos.

La máquina de la soledad es la amplitud de un instante hecho de una tecnología precaria, diminuta, invisible, que se activa cada vez que hay tinta entre las manos, de frente un papel, una distancia y una ausencia. Y, quizá, ahora es el momento de abrir la carta que nos han entregado al comienzo del espectáculo. Leo “Fragile” y abro con cuidado el delicado sobre de papel de avión. Y ahí está la carta de una de las escribanas de los soportales de Santo Domingo, Lourdes Alba, con más de 50 años redactando por encargo en su máquina de escribir a la que llama Petra. Ella ha manuscrito la carta que tengo entre las manos y que forma parte de esta historia y siento que en estas palabras hay tanta vida entrelazada que intento sostenerla como si fuera agua entre los dedos. Y es que, a la vez, La máquina de la soledad es también un homenaje a la figura del escribano y al correo postal, a las cartas que hablan de las propias cartas mientras los narradores nos van contando historias relacionadas con carteros y el mundo del correo, como el lanzamiento del primer cohete postal, en Cuba.

Micropaisajes de historias de vida materializados en esas miniaturas casi de casas de muñecas y objetos con utensilios mínimos que parecen decirnos que sólo tenemos que mirar las cosas desde arriba y que desde el recuerdo son tan nuestras y tan presentes como si estuvieran sucediendo ahora mismo. Fuera de espacio y fuera de tiempo. Y nos elevamos como si viajáramos en un globo. Hasta el cielo, hasta un lugar donde también nos aguardan los recuerdos…

“Y a estas alturas de la historia nos preguntamos si tú también tendrás una historia”…

P.D.: Querido Julio:

Esta carta es también para ti, allí donde estés, aunque nosotros sentimos que continúas aquí entre nosotros, flotando en el mismo espíritu que nos mostraste y que entre todos compartimos como algo valioso que portamos con las manos extendidas. Gracias por Titirimundi, por haber creado este micromundo, conjunción de la vida, y de todas las emociones, las que acarician la piel y el alma y las que desgarran por dentro como una espada afilada. Aquí hemos sido capaces de conocer palabras que abren montañas y guardarlas en nuestros bolsillos, “la magia de burlar a gigantes y brujas, y de ver el oro que brilla en la oscuridad de la noche”, que dice Gustavo Martín Garzo. Aquí es posible sobrevolar la imaginación y los sueños, volvernos invisibles, vivir durante unos días en este hogar que nos hace desplegar las alas. Porque es “lo maravilloso lo que hace del mundo una casa encantada” y todo tiene que ver con el anhelo de felicidad. Y ahora podemos guardarlo en un botecito para el resto del año y abrirlo cuando queramos. Aunque yo prefiero guarecerlo en mi mano izquierda y con la derecha soplar y dejar que fluya hasta el fin del mundo.

 

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