Por Alfonso Arribas.

Recibe al público sentado al borde del escenario en un gesto que demuestra cercanía y ausencia de divismo. Cuando todo el mundo está en su sitio, él va al suyo, una especie de mesa de profesor de la que salen más que números y sintaxis. Y es que Rodorín tiene ese aire de maestro que mola, didáctico pero divertido, con una habilidad pasmosa para quedarse con la atención del público infantil, el más voluble, inestable y complicado de todos.

Su Retablillo de títeres y cuentos es la misma representación del mundo, o de una parte del mundo. De esa que cose a la gente con hilos de fantasía, donde los animales hablan, los reyes son de papel y los guantes una colección de crestas. Despliegue de objetos y marionetas caseras que recorren una senda de poesía y romance, cuentos breves y largos, en prosa o rimados, y trazos de sabiduría popular. ´

Rodorín se ha dado cuenta de que la ele se dice en la lengua y la ge en la garganta, y todo cuadra. Cuando lame un helado salido de su maleta, un espectador grita que es de mentira, y él replica con sorna que no, que es de nata, que es el sabor que le gusta. Y así pasa el espectáculo, con bromas y guiños, delicioso como su mantecado de nata.

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