Por Alfonso Arribas.

Me colé en una función escolar de Go!, de Polina Borisova. El murmullo, casi griterío, de los momentos iniciales dejó paso a un silencio denso, como el marco que se dispone a acoger una obra maestra. No sé si maestra pero sí emotiva es esta propuesta de triste belleza que muestra las miserias de una soledad no elegida cuando la mente tiene más pasado que futuro y el cuerpo apenas responde a la voluntad.

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Un montaje exquisito con una iluminación narrativa y expresiva y un trabajo excelente de Polina Borisova, devorada por una máscara arrugada que le aporta un semblante desesperanzado. Su casa es un refugio obligado, no tanto una prisión sino más bien un hogar de refinamiento. La música, las cartas, los retratos… La memoria acude a trompicones a través de los objetos que encierran recuerdos, provocando ilusión efímera, melancolía, y acentuando la soledad y la añoranza.

La anciana rendida a la rutina y a los achaques tiene destellos de lúcida locura, incluso de viveza corporal. Ninguna mascota acude al sonido de la comida golpeando la caja; o quizá sí, aunque no se oyen maullidos. Siempre quedan ventanas a las que asomarse y puertas que atravesar. Uno decide si quiere dejar paso a la luz, a los cánticos de los escolares, al aroma del aire fresco.

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