Por Alfonso Arribas

Desde hace días el Acueducto vuelve sus ojos arqueados al Carrusel Magique, apostado junto al gigante de piedra. Son la quietud y el movimiento, la solidez y el vaivén. Las fotografías de los turistas les quieren captar juntos, no se esquiva el tiovivo, no estorba. Forman un binomio amistoso que en este mes de mayo segoviano llama al bullicio.

El pregonero del Festival, o su telonero, es una atracción de la feria de la fantasía irresistible para pequeños y mayores. Una colección de posibilidades de viajar hacia los sueños a lomos de un saltamontes gigante, o sentado en la cesta del globo de Verne.

Por arriba, en lo alto, asoma la cabeza del cohete que roza la luna. Todos quieren probar a qué sabe el satélite, cómo es su tacto, y la cola de aspirantes a astronauta se espesa a cada momento. Como la de ese avión que parece bailar con suaves movimientos de fuselaje.

Mientras esperan, los niños discuten el nombre científico del dinosaurio que, junto al pulpo y el caracol, giran impasibles esperando nuevos clientes. Los cambios de turno son fugaces como centellas. A la de tres, todos montados. Observando un rato el trasiego se puede hacer un ranking de favoritos, aunque todos (vehículos y animales, artefactos y seres animados) acaban como anfitriones de pequeños visitantes.Carrusel, Magique

El Carrusel Magique es un corazón que bombea imaginación por las arterias de Titirimundi. A estas alturas, es impensable un Festival sin su presencia, porque anuncia lo que ha de venir y luego, cuando todas las luces se han apagado ya, regala unos días extra, prolongando el sabor dulce de la fantasía.

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