Por Alfonso Arribas

Sabemos que la verdadera patria es la infancia y que es un lugar al que cada vez nos cuesta más regresar, a pesar de que allí el aire es más limpio, la cama más cómoda, el juego más puro.

Apenas atendemos a los reclamos que nos invitan a volver, aunque cuando lo hacemos, cuando nos dejamos llevar, recordamos todo lo bueno que nos ofrece: la bendita ingenuidad, la mirada clara, el espíritu abierto.

Eugenia Manzanera habla el idioma que es lengua oficial en esa patria común, y en torno a su Retahilando los niños que aún lo son y los que lo fuimos compartimos una manera de disfrutar la vida sin asperezas ni conflictos.

La madeja, a veces joven y a veces vieja, se desenreda y cada nudo que resuelve lo cambia por un cuento. Tan breve como el de la granada, que apenas dura nada, o más largo como el de la mora, que dura una hora.

La música en directo, las rimas inteligentes, los versos delicados, los objetos vigorosos… y Eugenia Manzanera yendo y viniendo del huerto que ofrece sueños y fantasía. Sus títeres sí son para niños, para todos los niños, los que empujan el carrito y lo que se dejan guiar.

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