Por Alexis Fernández

Se inauguraba la 35 edición Titirimundi con Chaika, un espectáculo increíblemente bello, lleno de virtuosismo escénico que, haciendo honor al título en lengua original de La Gaviota de Chéjov, se adentraba en las honduras del teatro para conmover y dejar sin respiración al público. Pocas veces se produce en un montaje el misterio teatral con la capacidad de quedarse como una huella de luz en el espectador, desde la creación y desde la ficción, adentrándose en el abismo de las emociones con holgura y saliendo victorioso.

Chaika es el primer espectáculo de la compañía Belova-Iacobelli y ojalá el primero de muchos. Es una joya de montaje deslumbrante en forma de sueño que juega con un personaje inanimado cuya resonancia persiste en el corazón. Un solo en escena interpretado por una actriz (la también directora chilena Teresita Iacobelli, perteneciente desde 2005 a la compañía Viajeinmóvil de Jaime Lorca –también se la ha visto en Titirimundi en Otelo-), y una marioneta que no es sino la conjunción de las extremidades de la actriz y una máscara, réplica envejecida del rostro de la propia Iacobelli, y obra de la directora del espectáculo y artista visual Natacha Belova (creadora de instalaciones, esculturas, marionetas, con más de cien proyectos como escenógrafa y vestuarista para el cine, la danza, el teatro y la ópera). Una máscara que parece reflejar la genética y el árbol genealógico de la actriz y que, sin embargo, toma vida y un lugar propio en la obra para hablar de ella misma, conduciendo el espectáculo desde que Iacobelli le da vida. Un trabajo de dualidad presente en la obra de Chéjov (la propia Arkádina, la actriz soberbia, tacaña y orgullosa con la actriz joven que comienza, Nina, hija de un terrateniente de la zona; o las trasmutaciones del escritor pareja de Arkádina, Boris Trigorin, con Konstantin, el hijo de Arkádina, que, como aspirante a escritor quiere hacer algo que rompa los esquemas y quien siempre ha luchado por la aprobación de su madre) llevada al símbolo en Chaika.

Partiendo, pues, de La Gaviota para abordar la violencia en la vejez, la pérdida progresiva de las facultades mentales y la riqueza en la subjetividad humana, la marioneta Chaika es una actriz anciana en crisis que quiere despedirse de los escenarios con la obra de Chéjov, que se conoce al dedillo. Ella querría interpretar a Nina, enamorada de Konstantin, dispuesta a dejarlo todo por cumplir su sueño. Pero Iacobelli le dice que ya no tiene edad y que debe hacerse cargo de Arkádina. No llega ningún actor para interpretar el resto de personajes de La Gaviota en esta, su última función. Así que Chaika decide personificarlos ella misma, en un diálogo permanente e intenso con su manipuladora y con el público, con los protagonistas de la obra de Chéjov y las personas y figuras que atravesaron su existencia, incluyendo a Hamlet, el protagonista de su obra preferida. Una suerte de locura dramatúrgica que para una actriz de la talla de Iacobelli es un juego actoral donde la dualidad se acentúa y se funde y se confunde en el espacio escénico casi como un acto mágico.

Chaika es el camino de búsqueda hacia uno mismo

De esta situación nace la necesidad de Chaika de comprender el papel que ella debe jugar en el escenario de su propia vida. Ahora que los otros actores han desaparecido, que la escenografía se ha arruinado, la iluminación tiembla y el sonido se desvanece, nada se parece a lo que ella había conocido. Y por ello debe buscar una nueva vía, una nueva manera de hacer lo que sabe. Ya no tiene las habilidades físicas ni la memoria que se requieren, todos sus intentos reflejan dolor y frustración, y un desesperado deseo por no abandonar el estatus de gran artista. Se encuentra en un momento decisivo, en el punto de su vida donde ella debe elegir continuar o abandonar. Chaika es una proyección de lo que uno puede llegar a ser y de lo que tampoco quiere llegar a ser. Es el símbolo de esa fuerza vital que nos lleva a actuar de una u otra manera, una fuerza interior que unos matan, otros disecan… Como en la obra de Chéjov –en la que todos asesinan a su “gaviota”-, donde los personajes dicen lo que quisieran ser pero al final hacen otra cosa, viviendo sumidos en una gran depresión. Salvo Nina, el personaje que Chaika quiere interpretar pero que ya no puede porque es demasiado mayor.

Por eso Chaika es la gran pregunta: Quién soy, por qué estoy aquí y dónde quiero ir realmente; quién es Chaika ahora en la vejez cuando está perdida, cuando debe encontrar otro modo de funcionar en el mismo espacio porque ya no le sirve el camino habitual que ella dominaba. Chaika no quiere estar donde la sociedad o el público interpelan. Por eso en un momento de la obra rompe esa escenografía, no acepta, y se queda sola. Es entonces en el vacío cuando descubre quién es y puede decir: “Soy Chaika, una gaviota”. Ya no hace falta que sea Nina, ni el personaje que el público querría ver, sino ella misma.

Chaika es la aceptación y esa fuerza que sigue manteniendo. Chaika es el camino de búsqueda hacia uno mismo, de saber quiénes somos después de quitarnos todas las máscaras. Chaika es la necesidad del encuentro. Y el teatro es también ese lugar de encuentro para mirarnos, un reflejo/espejo de nuestra existencia donde Chaika muestra una humanidad sin máscaras.

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