Por Alfonso Arribas

Roulettes, de la compañía eLe, es como ese cuadro pequeño que colocamos en un lugar preferente porque nos gusta, y porque medimos el arte en gramos de sensaciones y no en metros cuadrados de lienzo. Tampoco en minutos, aunque los quince que dura este montaje dejan con hambre al espectador.

Tanto el planteamiento como la ejecución muestran una cuidada sencillez, una voluntaria falta de artificio, giros narrativos o alardes de manipulación. Todo rueda suave por su carril para poner el foco sobre la escena que retrata: el encuentro casual entre un anciano y un chiquillo que son como dos países con fronteras cerradas, cada uno dando la espalda al otro para acentuar su singularidad.

Poco a poco, siempre con esa sencillez que es la clave del espectáculo, ambos mundos comienzan a rozarse, a conseguir breves intercambios, hasta la definitiva supresión de barreras. Es entonces cuando vemos las cualidades del otro, cuando entendemos y valoramos la diferencia, en vez de asustarnos o provocarnos rechazo.

Todo rueda cuando bajamos las defensas y permitimos la contaminación en el mejor sentido del término. Y en Roulettes este proceso es presentado con una dulzura que no empalaga ni es ñoña. Muy buen trabajo, breve pero redondo, de Marta Lorente y Raquel Batet, más que digno de enriquecer el programa de Titirimundi.

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