Por Alfonso Arribas

La mesa, de Blind Summit Theatre, es el espectáculo que abrió Titirimundi 2014. Su apariencia es simple: un solo títere y un solo elemento escénico. Sin embargo, resulta muy complejo en su concepción y exigente para el espectador porque los niveles de análisis propuestos son muchos, y a veces se entrelazan, disfrazan y confunden.

De todos esos estratos, me quedo con uno: la naturaleza misma del títere, el sentido de su existencia. Este Moisés con cara de cartón y cuerpo de trapo, ceño fruncido, humor variable y voz grave invita a jugar al público y a sus manipuladores en un campo resbaladizo: la frontera entre lo real y lo imaginado, entre lo verdadero y lo fabricado.

Él mismo actúa como un mago empeñado en desvelar sus trucos. Soy una marioneta, insiste, ustedes llegan a creer que soy un personaje de verdad porque tengo gracia, porque quienes me manejan se someten al segundo plano, porque la luz me enfoca y porque en cierta forma es agradable rendirse a esa fantasía de otorgar humanidad a una figura de cartón.

Tiene plena conciencia de sí mismo, de lo que es, aunque la aceptación es intermitente. Ese es el aspecto que me interesó más. Moisés no está atrapado en la angustia de sentirse títere, es decir, condenado a la manipulación y a la inacción periódica. Pero sucumbe fugazmente.

Tampoco es un iluso que fantasee con su corporeidad llegando a convencerse. Pero enseña, a veces, una arrogancia que se acerca mucho a ese terreno. Por ejemplo cuando flirtea con una señora del público, a la que dedica contoneos muy corpóreos. Entonces sus trapos parecen carnes, más que nunca, y sus ojos dibujados parecen intentar un guiño pícaro, a ver si hay suerte.

En esta aparente paradoja, la mesa es un elemento clave.  Moisés lamenta verse constreñido en esa tabla de varios pies y un poco más de largo por varios pies y un poquito más de ancho. Si fuera real, la abandonaría sin pensarlo. Pero también se ilusiona con un pequeño huertecito que ha plantado en su terreno, y tiene cuidado de no pisar las flores recién abiertas. De nuevo lo real y lo imaginado en planos que se superponen.

Detrás de todo esto, o al lado, está el pasaje bíblico, el incidente con la cinta de correr, las continuas apelaciones a la risa. También, es evidente, la generosa e impactante manipulación a seis manos, con una técnica soberbia.

Acabada la función, el títere, si es que lo es de verdad, no reposó en su maleta. Se fotografió con quien quiso hacerlo, bromeó con el público, y consiguió los besos que allí, sobre el escenario, tanto se le resistieron. Moisés enamoró.

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