Por Alexis Fernández

¿Recuerdas aquellas fotos de la bisabuela? Las retocadas, las recortadas como las mismas ondulaciones de un sello estampado que el tiempo nos manda por barco, lentamente, abriendo camino en un océano demasiado extenso, demasiado poderoso, demasiado solitario. Bajo aquella grieta que cruzaba la pared de la vieja casa, recuerdo al tío leyendo a Corín Tellado con la misma entrega que el silencio invade un pueblo castellano. Y, al ver la caja de pequeños objetos, me acuerdo de mi primer tren de la bruja, y del botón que se le cayó al abuelo cuando ella dejó de estar en el mundo. Y de aquel corchete que parecía unirlo todo con una sola atadura. También veo las postales que la abuela enviaba desde sus baños en el balneario, y la medalla que parecía proteger a aquel hijo que no llegó a crecer. Siempre hay un final. El final. Ahora que van pasando las revistas al ras de mis manos, veo cómo las palabras también han cambiado y cómo mi caligrafía tampoco es la que era: ha perdido las buenas maneras y ha ganado el dibujo abstracto entre las emociones que arrastra, cada vez más intensas, cada vez más guarecidas en los lugares apropiados: en aquel rincón a la vista de todos, en aquel cajón, como un secreto que un día alguien descubrirá (o no), en aquella imagen que me acompañará cuando ya no tenga memoria. O cuando ya no esté y me haya ido con el vuelo de los pájaros, los de la foto que encontré aquel día. Pero mientras tanto, por aquella grieta esbozada sobre la que mi tío leía, hay luz: Era el amor. Por eso he contado esta breve historia. Aportar detalles, destruiría el carácter de este espectáculo y no serían ciertos: la verdad es de cada uno.

Dicen que cuando se entra en su espacio particular ya no se sale. Ocurre en todos sus espectáculos (El rey de la soledad, A taula, Insomni, o Monstres, entre otros, montajes todos ellos creados desde 2003 con su compañía de teatro de objetos, Playground). Quizá porque adentrarse en ellos es penetrar en la intimidad y en un viaje hacia dentro. El autor de Cosas que se olvidan fácilmente, Xavier Bobés, se dio cuenta de que empezaba a tener problemas de memoria. Y comprobó que su madre también sufría vacíos importantes. Estos olvidos inspiraron este montaje tan especial y tan íntimo. De hecho, sólo para cinco personas en un pequeño salón creado en la Real Casa de la Moneda, después de atravesar un jardín, de dejar el móvil en una caja de metal y de sentarnos juntos los cinco a compartir, a ver, a recordar…. Un espectáculo fotográfico que transforma los recuerdos de la misma manera que lo hace la mente y también inventa otros nuevos. Y con ellos una segunda vida, o acaso una primera diferente. O tal vez la misma, pero evolucionada, crecida, iluminada. Cosas que se olvidan fácilmente es una pequeña historia de la segunda mitad del siglo XX en España. Y de mi historia, y de la tuya, y de la de ella, y de la de él. Nuestra. Un juego de cartas, de objetos, de pequeñas cosas que pueblan la vida y la enriquecen, un juego lleno de complicidad y evocaciones convertido en una experiencia teatral extraordinaria. “Un viaje interior que hace probar el olvido, pero también la posibilidad de una nueva luz”. Es mi viaje, el tuyo, porque es propio, es mi lectura, la tuya, la que vivimos en un instante de historia compartida por los nacidos en el mismo país, con la misma cultura, con el mismo paso del tiempo y de sus conflictos. Pero podría ser la de él, la de ella, en cualquier lugar del mundo. Un montaje de cosas que se olvidan fácilmente para recordar durante mucho tiempo.

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