Por Alfonso Arribas.

No se puede hacer más bonito. La Maquiné cerró la programación de Titirimundi en el Teatro Juan Bravo con El bosque de Grimm, un montaje bello sin ser ñoño, una preciosa mezcla de cuentos tradicionales plena de ingenio que resuelve las diferentes situaciones escénicas con una dulzura que invade.

La música de Ravel marca el ritmo de una obra que a los niños les hace disfrutar de su condición y que a los adultos nos vuelve la mirada hacia eso que fuimos, a la mirada ingenua, a la eterna búsqueda de la sorpresa, a entender el mundo como un lugar habitable en el que los malos nunca ganan y además se les ve venir, que es la gran diferencia que luego vamos aprendiendo, con el tiempo.

La iluminación es sencillamente perfecta, como lo es el trabajo de las dos actrices, la concepción del espacio escénico, el uso adecuado de las proyecciones, las dosis justas de humor, el cariño con el que, se nota, está pensado y ejecutado un trabajo que sabe a chocolate.

Prestemos atención a estos trabajos, orientados a los niños pero balsámicos para quienes ya no lo somos. Es teatro con mayúsculas, títeres de primera, que respeta la inteligencia de los menores, en ocasiones obviada.

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