Por Alfonso Arribas. Con su versión de La filosofía en el tocador, novela atribuida al marqués de Sade, la compañía brasileña Pigmalião Escultura que Mexe agarra las entrañas del espectador en vez de tomar sus manos, como hacen otros montajes para recorrer juntos una senda complaciente. Este camino no lo es, ni plácido ni comedido. De ahí que haya que sujetarse el estómago, como en una atracción de caída libre.

¿Dónde se cae? Pues a ese lugar oscuro llamado perversión al que habitualmente nos asomamos de forma furtiva, al que miramos de reojo, el que atribuimos a los demás, en todo caso. Pigmalião y Sade colocan allí abajo, en lo más penumbroso, el ateísmo radical y militante, las prácticas sexuales más desinhibidas y la crueldad hacia el semejante. Es confuso observar todo eso en el mismo plano, en el estante del pecado, porque aunque cierta moral tome todos esos elementos como similares, nada tienen que ver.

La representación de Pigmalião muestra todo eso de una manera desnuda, despojada de opinión o apriorismos, y así es como debe afrontarse desde la butaca. No hay proselitismo en la compañía, sino en los protagonistas, arrebatados por lograr el triunfo del vicio frente a la virtud. No hay defensa de nada, solo un hueco por el que atisbar una cierta concepción de la existencia dominada por las pulsiones, claramente enfermizas cuando el asunto deriva en la agresividad ejecutada con crueldad.

Ante un montaje tan crudo, brillante en la concepción y en la puesta en escena, con títeres espeluznantes por su capacidad de representar toda clase de bajas pasiones, incuestionables unas y deleznables otras, solo cabe el impacto. Ni el escándalo, ni la ofensa. Un trabajo de creación libre, aunque suene redundante.

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