ImagenPor Alfonso Arribas

Definir la esencia de Titirimundi es complicado, seguramente porque no es prenda de talla única, ni armario de una sola medida. No hay barras suficientes para cifrar su código, que es extenso, variado y sorprendente por naturaleza. Pero espectáculos como Dans l’atelier (en el taller) de los belgas Tof Théâtre reside en un terreno muy cercano a esa esencia, la roza incluso.

El teatro de títeres y el propio Festival segoviano han encomendado a sus raíces que investiguen el terreno, que busquen nuevas fuentes, que encuentren nutrientes para dar nuevos frutos. Reverdecer, revivir, reinventarse. Un árbol milenario que no solo sigue en pie, sino que está repleto de yemas nuevas y tiernas, en cuyas ramas vuelven a hacer sus nidos las aves, bajo cuya recrecida sombra se refugian los nuevos espectadores.

Enredado en esta metáfora, el teatro de Tof. Y su taller abierto al público. Es el títere quien se construye a sí mismo, jugando con materiales y tamaños. Quien se proporciona ojos para ver y boca para gruñir. Concluida la autofabricación, se lanza a la aventura de crear. De dar vida a otra criatura. Pero la cosa se tuerce y comienza una alegoría sobre el poder tiránico de un títere tirano.

La marioneta no solo está definida por las formas y movimientos que le proporcionan sus manipuladores. Tienen alma propia, esto no se elige, y puede ser clara como la aurora o tan oscura como la que empuja a este temible engendro a destruir cualquier asomo de vida que se acerque a su estela. El cuervo va directo a los ojos. Es una forma extrema de rebelión contra el creador.

En apenas quince minutos, Tof desarrolla este planteamiento que va de la risa ingenua a la angustia, y que está perfectamente resuelto. Este camino de reflexión sobre la conquista de la independencia, los peligros de la creación, los riesgos de ser dioses, es una senda interesante.

El teatro de títeres, como dice Federico Martín Nebrás, tiene mucho que ver con la hipnosis. Si lo que se presenta es bueno, tardamos tres segundos en conceder personalidad, naturaleza y alma propia a marionetas, objetos o sombras. Nos los creemos, sentimos con ellos. Caemos hipnotizados, y solo cuando baja el telón y cede la luz abandonamos el trance. Bendito trance.

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